lunes, 21 de marzo de 2016

El vaso de René Sluse

René Sluse, en un grabado de la época | Fuente

Levi opera deducitur mensura vasculi, pondere non magni, quod interim helluo nulus ebibat.

Esta frase en latín está extraída de una carta enviada por el matemático belga René Sluse a su colega holandés Christiaan Huygens en 1658. Su traducción podría ser la siguiente: “un vaso de beber que tuviera un pequeño peso, pero que ni siquiera el mayor bebedor del mundo pudiera vaciar”. Aquel año, ambos matemáticos habían estudiado métodos para determinar la superficie y el volumen de sólidos de revolución infinitamente extensos. ¿Pero qué quería decir exactamente Sluse con esa enigmática frase?

René François de Sluse nació en Visé, cerca de Lieja, en 1622. Estudió derecho en Lovaina entre 1638 y 1642, y en Roma, donde se licenció en la Universidad La Sapienza al año siguiente. Luego permaneció en la ciudad italiana para estudiar diversas lenguas (griego, hebreo y árabe, entre otras), así como matemáticas y astronomía. En 1650 fue nombrado canónigo de la catedral de Lieja y en 1666 llegó a ser abad de Amay. Su pasión por las matemáticas le llevó a mantener un rico intercambio epistolar con varios de los mejores matemáticos europeos de la época, como Blaise Pascal, John Wallis y Michelangelo Ricci, además del propio Huygens. En 1674 fue elegido miembro de la Royal Society de Londres.

En la actualidad, el nombre de Sluse es recordado principalmente por una familia de curvas que introdujo en su correspondencia con Huygens y Pascal entre 1657 y 1658. Las “perlas de Sluse”, como las bautizó Pascal, son las curvas dadas por la ecuación ym=kxn(a-x)b, siendo a, b, m y n números enteros positivos. Curiosamente, estas curvas no tienen forma de perla en todo su dominio, solo en el eje de abcisas positivo (es decir, para x>0). 

Una perla de Sluse, con n=4, k=2, a=4, p=3 y m=2 | Fuente

También llevan su nombre las llamadas concoides de Sluse, otra familia de curvas que el matemático belga estudió en 1662. En coordenadas cartesianas, estas curvas satisfacen la ecuación (x-1)·(x2+y2)=ax2


Las concoides de Sluse, para distintos valores de a | Fuente

El caso es que el 14 de marzo de 1658, De Sluse escribió a Huygens acerca del problema de integrar la curva conocida como cisoide de Diocles. El nombre “cisoide” procede del griego y significa “con forma de hiedra”. Fue el matemático griego Diocles (c. 240 a. C.-c. 180 a. C.) quien estudió esta curva que hoy lleva su nombre alrededor del año 180 a.C., mientras intentaba resolver el problema de la duplicación del cubo. Este célebre problema de la antigua Grecia consistía en construir, a partir de un cubo dado, otro que tuviera el doble de volumen. Es decir, si el volumen del cubo original es a, el problema equivale a construir un segmento de longitud x, tal que x3=2a. De acuerdo con tradición euclidiana, solo se permitía resolver el problema mediante el uso de regla y compás. El método empleado por Diocles no fue riguroso del todo; a partir de una cicloide, el geómetra griego fue capaz de encontrar una solución al problema de la duplicación del cubo, empleando solo regla y compás. Sin embargo, resulta imposible completar el paso previo, que es construir una cisoide, con esas dos herramientas únicamente.

La línea roja de la imagen es la cisoide de Diocles | Fuente

Hoy sabemos que la cisoide tiene como ecuación cartesiana y2=x3/(2a-x). La curva tiene un vértice en el origen de coordenadas y una asíntota vertical en x=a/2. Del vértice parten las dos ramas de la curva, que se aproximan a la asíntota cada una por su lado. Como curiosidad, la curva descrita por el vértice de una parábola mientras ésta rueda sin deslizar sobre una segunda parábola del mismo tamaño, es una cisoide.

Animación de una parábola rodando sobre otra | Fuente

Pero volvamos de nuevo al siglo XVII, donde habíamos dejado a Sluse y Huygens hablando de la cisoide. En concreto, ambos discutieron el problema de calcular el área y el volumen del sólido de revolución que resulta de hacer girar una cisoide alrededor del eje vertical x=0, considerando únicamente la parte superior de la curva (y>0). El resultado sería una especie de vasija infinitamente extensa. ¿Podría ser que, a pesar de eso, su superficie o su volumen fueran finitos? El estudio de este tipo de objetos matemáticos despertó la curiosidad de los matemáticos durante la primera mitad del siglo XVII. Es el caso de la llamada trompeta de Torricelli que ya vimos aquí en su momento.

La trompeta de Torricelli en 3D | Fuente

Sluse consiguió demostrar que el área de ese sólido es finito y, por lo tanto, puede construirse con una cantidad finita de material. Pero, al mismo tiempo, el vaso de Sluse puede contener un volumen infinito, pues sus paredes son infinitamente altas. Un vaso que, lleno de líquido, no podría vaciar ni el mayor bebedor del mundo: he aquí el significado de las palabras del matemático belga.

El vaso de Sluse, sombreado en gris gracias a WolframAlpha | Fuente

Obviamente, el vaso de René Sluse es un objeto matemático que no podemos trasladar a la realidad. Este es parte del encanto de las matemáticas, que nos hacen soñar. Lo cierto es que yo me acuerdo mucho del vaso de Sluse. En concreto, cada vez que saboreo el último trago de una jarra de cerveza bien fría. ¡Quién tuviera uno!

NOTA: Esta entrada participa en la Edición 7.2 del Carnaval de Matemáticas que alberga este blog, La Aventura de la Ciencia.

lunes, 7 de marzo de 2016

Presentación de la Edición 7.2 del Carnaval de Matemáticas

Fuente

A quienes ven en las matemáticas no solo un gran conjunto de principios abstractos e inmutables que, por su belleza intrínseca, simetría y coherencia lógica (cuando se consideran relacionados con un todo), reclaman justamente la curiosidad de toda persona con una mente profunda y lógica, sino algo del máximo interés para la raza humana, el único lenguaje que sirve para describir cabalmente la realidad del mundo natural y los continuos cambios visibles e invisibles, perceptibles e imperceptibles, que se producen en los objetos de la Creación entre los que vivimos...a quienes consideran la verdad matemática el instrumento más eficaz del que dispone la modesta inteligencia humana para interpretar las obras del Creador les interesará vivamente todo aquello que facilite la traducción en formas explícitas y prácticas de los principios de esta ciencia”.

Esta frase, seguramente una de las más largas que haya aparecido nunca en un texto científico, es de la matemática inglesa Ada Lovelace (1815-1852). Apareció incluida en las famosas Notas publicadas en septiembre de 1843 en la revista Scientific Memoirs, junto con su traducción de un artículo del ingeniero italiano Luigi Menabrea, bajo el título "Esbozo de la Máquina Analítica inventada por Charles Babbage" (puedes leer el artículo en inglés aquí). Por ser una curiosa mezcla de matemáticas, filosofía y religión, y provenir de uno de los personajes que más me fascinan de esa época, he elegido esta frase como introducción a la Edición 7.2 del Carnaval de Matemáticas.

Ada Lovelace nació el 10 de diciembre de 1815 en Londres. Hija del poeta Lord Byron, este se fue un mes después de nacer ella a recorrer Europa y nunca más volvió a verla. Su madre le dio una completa educación, poniendo especial énfasis en el estudio de las matemáticas. Conoció a la gran científica Mary Somerville, quien le presentó al ingeniero e inventor Charles Babbage en una fiesta de sociedad. Ambos hicieron muy buenas migas enseguida. Babbage dedicó buena parte de su vida al diseño de dos complejas máquinas muy adelantadas a su tiempo: la máquina diferencial y la máquina analítica. En especial, la máquina analítica era un verdadero precursor del ordenador tal y como lo conocemos. Contaba, por ejemplo, con un "almacén" capaz de guardar 1.000 números de 50 cifras y un "molino" que realizaría las operaciones matemáticas -la memoria y el procesador, respectivamente. Ada quiso dar a conocer el trabajo de su amigo Babbage y tradujo un artículo sobre la máquina analítica aparecido en una revista suiza. A ello le añadió unas notas de su propia cosecha en las que demostraba su profunda comprensión del invento de Babbage. En concreto, en la nota G (traducida al español, no os lo perdáis) describió los pasos para generar una tabla con los números de Bernoulli, lo que muchos consideran el primer programa de ordenador de la historia. Y a Ada, por tanto, la primera programadora. El artículo de Ada, sin embargo, pasaría sin pena ni gloria, y ella moriría prematuramente unos años más tarde, en 1852.

Y con esta pequeña nota biográfica sobre la figura de Ada Lovelace queda inaugurada la Edición 7.2 del Carnaval de Matemáticas.




Para el que no lo conozca, el Carnaval de Matemáticas es una iniciativa de Tito Eliatron para que, durante una semana al mes, los blogueros interesados escriban artículos divulgando las matemáticas. El formato del texto es libre; lo mismo se puede participar comentando una película, recordando una cita ingeniosa, subiendo una imagen o hablando de un libro. Cualquier cosa que tenga relación con las matemáticas. El único requisito es que aparezcan en la entrada los enlaces a la web del Carnaval de Matemáticas y al blog anfitrión, en este caso La Aventura de la Ciencia, indicando que participas en la Edición 7.2 del Carnaval de Matemáticas. Y si no tienes un blog, todavía tienes dos opciones. Una es registrarte en la web del Carnaval de las Matemáticas y publicar tu entrada allí. La otra es publicarlo en este mismo blog como colaboración especial.

Una vez publicada la entrada es conveniente que lo comuniques. Para ello tienes diversas maneras. Puedes mandar un tweet con el hashtag #CarnaMat72, con mención a mi propia cuenta, @monzonete, y con copia al twitter oficial del Carnaval de Matemáticas, @Carnamat, desde donde se retuitearán todas las entradas participantes. También puedes dejar un comentario en esta misma entrada con un enlace a tu aportación. O incluso dejar una reseña de tu entrada en la web del Carnaval de Matemáticas. Si das a conocer tu aportación de esta última manera, se publicará automáticamente en el grupo de Facebook del Carnaval de Matemáticas. y se mandará un tuit desde la cuenta @CarnaMat con el enlace de tu aportación y el hashtag #CarnaMat72. Así da gusto.

En esta ocasión, el Carnaval de Matemáticas se celebrará en la semana del 21 al 27 de marzo. Es decir, Semana Santa. Así que si estás pensando irte de vacaciones, ya puedes ponerte a escribir tu aportación y dejarla convenientemente programada. Una vez terminada la semana, recopilaré todas las entradas que hayan participado y luego se publicará en este blog un resumen con todas ellas. Y para finalizar, como viene siendo habitual en las últimas ediciones, los internautas tendrán la oportunidad de elegir la entrada que más les haya gustado de esta edición, dando su voto en los comentarios del resumen. (Por cierto, todavía estás a tiempo de hacerlo en la Edición 7.1 que ha organizado Tito.)

Te animo a participar, que esta vez pienso pasar lista.

Y para ir abriendo boca, aquí os dejo con los resúmenes de las 61 ediciones anteriores. Casi nada.
  • Séptimo año

martes, 1 de marzo de 2016

Hedy Lamarr, la actriz pionera de las telecomunicaciones

(Esta entrada se publicó primero en el número 22 de la revista Buk Magazín, que puedes leer online.)

Hedy Lamarr, en 1940 | Fuente

Hedwig Eva Maria Kiesler nació en Viena el 9 de noviembre de 1914 en el seno de una familia judía. Su padre, Emil, era banquero; su madre, Gertrud, pianista. Ya desde pequeña llamó la atención por su inteligencia, y llegó a ser considerada una superdotada por sus profesores. Sin embargo, su enorme belleza, unida a su vena artística, le llevaron a abandonar los estudios y dedicarse al teatro.

Todavía no había cumplido veinte años y ya era conocida en todo el mundo, al ser la primera mujer en salir totalmente desnuda en una película comercial, Éxtasis (1933). Sus padres, avergonzados ante el escándalo que se levantó, arreglaron el matrimonio de su hija con Friedrich Mandl, un magnate de la industria armamentística. Mandl resultó ser un marido extremadamente celoso, que apartó a Hedwig de su carrera de actriz y la mantuvo recluida en casa, de la que solo salía para acompañarlo a las cenas y viajes de negocios.

Hedwig aguantó cuatro años en este infierno. En 1937, con la ayuda de su asistenta, consiguió fugarse por la ventana del lavabo de un restaurante y huir en automóvil hasta París. Sin equipaje alguno, tuvo que vender las joyas que llevaba puestas para alcanzar su meta, Estados Unidos. Durante el viaje en barco conoció a Louis B. Mayer, productor de Hollywood. Cautivado por su belleza, éste le ofreció trabajo, a condición de que se cambiase el nombre para no asociarla con el escándalo de Éxtasis. Al llegar a su destino, tenía un contrato de siete años y un nuevo nombre: Hedy Lamarr.

Con Sigrid Gurie y Charles Boyer, sus compañeros de reparto en Argel (1938) | Fuente

Su carrera en Hollywood tuvo luces y sombras. Trabajó con algunos de los mejores directores del momento (King Vidor, Cecil B. DeMille o Jacques Tourneur). Compartió cartel con grandes estrellas como Clark Gable, Spencer Tracy o James Stewart. Y llegó a ser considerada la “mujer más bella del mundo”. Sin embargo, no tuvo suerte con la elección de las películas (rechazó el papel protagonista de clásicos como Luz de Gas y Casablanca) y, a partir de 1950, su aparición en la gran pantalla fue cada vez más esporádica.

Durante la Segunda Guerra Mundial conoció a George Antheil, compositor e inventor estadounidense. Uno de sus temas de conversaciones favoritos fueron los torpedos teledirigidos, un arma clave de la Segunda Guerra Mundial que, sin embargo, era muy vulnerable a la interferencia de las señales de radio por el enemigo. Aprovechando el conocimiento sobre armas adquirido en las veladas con su ex-marido, Hedy empezó a buscar con Antheil una solución al problema de los torpedos. En 1941, ambos patentaron un sistema que consistía en un equipo emisor de radio que, sincronizado con otro receptor, podía ir saltando de frecuencia si ambos conocían la secuencia de los saltos. De este modo se evitaba que el enemigo pudiera interceptar las señales. La patente se aplicaba al control remoto del timón de un torpedo. Pero nada impedía que se usase también para la transmisión de mensajes de voz.

La patente de Lamarr-Antheil, en la que ella firmó con su apellido de soltera. | Fuente

Este sistema iba muy por delante de su época, y la patente caducó sin que nadie la utilizara. Sin embargo, a partir de la década de 1960, empezó a encontrar aplicaciones militares; la primera de ellas durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962, para el control remoto de boyas rastreadoras. En la actualidad, muchos sistemas orientados a voz y datos emplean sistemas basados en el cambio aleatorio de canal. Entre ellos, todas las tecnologías inalámbricas como el 3G, el Wi-Fi o el BlueTooth.

Aunque Hedy fue una pionera de las telecomunicaciones, su trabajo pasó inadvertido durante décadas. Al parecer, alguien pensó que eso podía perjudicar su imagen de diva, y su faceta de inventora se mantuvo en secreto mientras era una estrella de la Metro.

Hedy Lamarr, mucho más que 'una cara bonita' | Fuente

Hedy Lamarr murió el 19 de enero de 2000, cuando contaba con 95 años. En su honor, el Día del Inventor se celebra en Alemania y Austria el 9 de noviembre. 

lunes, 22 de febrero de 2016

Reseñas HdC: Historia mínima del Cosmos

(Esta entrada se publicó primero en Hablando de Ciencia.)

Historia mínima del Cosmos
Manuel Toharia
Editor: Editorial Turner 
Colección Historias mínimas
Nº páginas: 286
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16354-02-3
Idioma: Español
Año de publicación: 2015


SINOPSIS
¿Qué diferencia hay entre cosmología y cosmogonía?
¿Cómo llegó el agua a la Tierra?
¿Por qué sabemos que nuestro planeta gira alrededor del Sol?
¿Sucedió realmente el Big Bang?
¿Qué es la eclíptica?
¿Qué provoca el fenómeno de las estrellas fugaces?
¿A qué se deben las mareas?
¿Cuál es la cuarta dimensión?
¿Qué es la antimateria?
¿A qué llamamos «tamaño cuántico»?
¿Qué es y para qué sirve un acelerador de partículas?
¿Podremos encontrar vida en otros planetas cercanos?
¿Qué dice la ciencia sobre el fin del mundo?

RESEÑA
Es muy probable que en alguna ocasión te hayas planteado alguna de las preguntas anteriores. A todas ellas y a muchas otras trata de dar respuesta el divulgador científico Manuel Toharia en su último libro, Historia mínima del Cosmos. O, como reza el subtítulo de la portada, la historia de todo lo que existe, desde el Big Bang a hoy, y cómo lo hemos sabido. Toda una declaración de intenciones.

En efecto, el autor ha querido escribir un libro breve (“un libro gordo hoy en día no lo lee nadie”, dice Toharia), dirigido al gran público, de forma que cualquier que lo lea tenga una idea general y completa de lo que es el cosmos, es decir, todo aquello que nos rodea. Una especie de ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? condensado en 286 páginas. Un desafío del que solo podría salir victorioso alguien con el bagaje de Manuel Toharia.

El físico Manuel Toharia (Madrid, 1944) es uno de los grandes nombres de la divulgación en español. A finales de la década de 1960 ya empezó a ejercer como tal, al frente de la sección de ciencia del periódico Informaciones. Luego fue el hombre del tiempo de Televisión Española durante más de una década. Dirigió y presentó otros muchos programas en televisión, y fue uno de los promotores de la revista Muy Interesante. También fue director del museo de ciencias de ”la Caixa” en Madrid y director científico del Museo de las Ciencias de Valencia. Ha escrito más de cuarenta libros divulgativos y colabora, desde hace más de veinte años, en diversos programas de radio en la Cadena Ser y Radio Nacional de España. Pocos divulgadores científicos de este país pueden presumir de un currículum similar.

Manuel Toharia ha venido a hablar de su libro (fuente)

Volviendo al libro, este se estructura en cuatro grandes partes: Cosmogonías, Nace la cosmología, Del Big Bang a hoy y La vida, la inteligencia, el futuro. Además, cuenta con tres apéndices de esos que uno acaba consultando más de una vez: El calendario de la vida en la Tierra, Hitos históricos de la cosmología y Bibliografía comentada. Sus títulos hablan ya por sí solos de lo que son cada cual.

La primera parte, Cosmogonías, se dedica a explicar el origen y la evolución del mundo apelando a los mitos, algo tan antiguo como la humanidad misma. Toharia empieza con los primeros intentos de los aborígenes australianos de hace 10.000 años, y llega hasta la Edad Media, donde por desgracia el avance científico sufrió un colapso de varios siglos. Entre medias, aparecen las grandes civilizaciones que todos tenemos en mente: los babilónicos, los pueblos mesoamericanos y la Grecia clásica, entre otras.

Lo que más me ha gustado de esta parte es el hallazgo de algunos personajes desconocidos para mí, como Jenófanes de Colofón, que vivió a caballo entre el siglo VI y V a.C., y que fue capaz de poner en duda ya entonces el origen divino del mundo. O Heráclides del Ponto, que afirmó en el siglo IV a.C., que la Tierra no estaba inmóvil, sino que giraba sobre sí misma. Una idea revolucionaria para la época. Por otro lado, y teniendo en cuenta la extensión total del libro, esta primera parte me ha resultado un poco larga, pues ocupa un cuarto del libro, cuando lo mejor está por llegar.

La segunda parte, Nace la cosmología, se centra en el fin del oscurantismo mediaval y la transformación, lenta y progresiva, de las creencias cosmogónicas en una verdadera ciencia cosmológica. Gracias a científicos de la talla de Nicolás Copérnico, Johannes Kepler, Galileo Galilei o Isaac Newton, la visión geocentrista del Universo dio paso a una concepción heliocentrista. La Tierra, y en consecuencia también los seres humanos que la habitan, dejaban de estar en el centro de toda la creación. Como bien resume el autor, “adiós al Universo perfecto, a la armonía de las esferas, al geocentrismo y a la cosmogonía cristiana”. Y todo ello haciendo uso de la observación y el razonamiento humano, y prescindiendo de cualquier elemento místico o religioso.

En la tercera parte, Del Big Bang a hoy, Toharia empieza explicando algunos conceptos básicos de la física, como las partículas elementales, la teoría de la relatividad, la física cuántica o la antimateria. Es un requisito necesario para alcanzar el ambicioso objetivo de esta tercera parte, que no es otro que describir lo que sucedió después del nacimiento del Cosmos, hace casi 13.800 millones de años. Desde el Big Bang hasta las primeras estrellas y galaxias, la formación del Sol y sus planetas, la aparición de la vida y su evolución en los últimos 3.850 millones de años, el surgimiento de la inteligencia hace unos pocos cientos de miles de años, y así hasta llegar al siglo XXI. Me sigue pareciendo maravilloso que hoy seamos capaces de comprender todo esto, o al menos, tener una explicación plausible.

Por último, la cuarta parte, La vida, la inteligencia, el futuro, describe cómo surgió la vida en la Tierra (un relato que todavía me pone los pelos como escarpias) y luego, en una segunda fase, la inteligencia, otro de los hechos claves en la historia de nuestro planeta. De nuevo hay que admirarse de la capacidad de síntesis de Toharia, al condensar tanto en tan pocas páginas, y que el resultado sea claro y conciso. Una vez alcanzado el tiempo presente, el autor se plantea el futuro del Universo en su conjunto y, en particular, cuál va a ser el destino de nuestro planeta y de la especie humana.

En definitiva, un libro ameno y comprensible, muy recomendable para todos aquellos que, sin ser unos expertos en el tema, se asombran y sienten curiosidad al mirar al cielo en una noche estrellada.